Hoy no es un día para política. Aprovecharé esta oportunidad, mi único acto de hoy, para hablarles brevemente de la insensata violencia en América, que de nuevo salpica nuestro país, y la vida de todos nosotros. No incumbe a una sola raza, las víctimas de la violencia son negras y blancas, ricas y pobres, jóvenes y viejas, famosas y desconocidas. Son sobre todas las cosas, seres humanos, a los que otros seres humanos querían y necesitaban. Nadie, viva donde vida, haga lo que haga, puede estar seguro de quién será el próximo en sufrir, por un acto insensato de derramamiento de sangre. Y sin embargo sigue, y sigue y sigue en este país nuestro. ¿Por qué, qué ha conseguido siempre la violencia, qué ha creado siempre? Siempre que un americano pone fin a la vida de otro americano, ya sea en nombre de la ley, o desafiando la ley, ya sea un hombre o una banda, a sangre fría o con rabia, en un ataque de violencia o respondiendo a la violencia, siempre que se rasgue el lienzo de una vida, que otro hombre ha tejido torpe y penosamente para él y sus hijos, siempre que hagamos eso, la humanidad entera será degradada. Y sin embargo parecemos tolerar un nivel creciente de violencia, que ignora nuestra común humanidad y nuestras demandas a la civilización. demasiadas veces celebramos la arrogancia, la chulería y a los bravucones. Demasiado a menudo excusamos a los que quieren construir su vida sobre los sueños destrozados de otros seres humanos. Pero hay una cosa clara: la violencia engendra violencia, la represión engendra venganza; y solo una limpieza de toda nuestra sociedad puede arrancar este mal de nuestros corazones. Pues cuando enseñas a un hombre a odiar y a temer a su hermano. Cuando le enseñas que es un ser inferior por su color o sus creencias, cuando le enseñas que los que son distintos a ti amenazan tu libertad, o tu trabajo, o tu hogar o tu familia, entonces aprende también a enfrentarse a los otros, no como conciudadanos, sino como enemigos; recibiéndolos no como cooperantes, sino como invasores, que subyugan y someten. Y al final aprendemos a mirar a nuestros hermanos como extraños. Extraños con los que compartimos una ciudad, pero no una comunidad. Hombres ligados a nosotros en una vivienda común, pero no en un esfuerzo común. Solo aprendemos a compartir un miedo común, solo un deseo común de alejarse del otro. Solo un impulso común de superar el desacuerdo, con la fuerza. Nuestra vida en este planeta es demasiado corta. El trabajo por hacer es demasiado grande para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en esta tierra nuestra. Desde luego no podemos prohibirlo con un plan, ni con una resolución, pero quizá podamos recordar , aunque sea por un momento, que aquellos que viven con nosotros son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida. Que solo buscan, como nosotros, la oportunidad de vivir la vida con bienestar y felicidad, disfrutando lo que la satisfacción y el logro les proporciona. Seguramente este vínculo de destino común, seguramente este vínculo de objetivos comunes puede empezar a enseñarnos algo. Seguramente podamos aprender al menos, a mirar alrededor a aquellos de nosotros que son nuestros semejantes, y seguramente podamos empezar a trabajar con algo más de entusiasmo, y curarnos mútuamente las heridas y convertirnos otra vez, en hermanos y compatriotas de corazón.
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